miércoles, 30 de enero de 2008

De los sepultureros (recuerdos fragmentados de una vida)

Treinta eran las fosas que debíamos cavar, lo que significaba una jornada pesada, un trabajo que nos llevaría toda la tarde y parte de la noche...pero no contábamos con la tormenta.
La tormenta.
En un par de horas el día se hizo noche, y sopló un fuerte viento frío que apagaba las lámparas y nos batía las capas haciendo que pareciésemos grandes y torpes murciélagos. Y luego cayó la lluvia. Llovió tan violentamente que en poco tiempo el cementerio se volvió un pantano, un pulcro e inmenso pantano. Y nosotros cavando en las penumbras, con nuestras largas capas de murciélagos.
La tormenta no disminuyó, sino por el contrario, por momentos parecía enfurecer, volviendo nuestra tarea una pesadilla, y probablemente estaría amaneciendo cuando por fin cesó la lluvia.
Nos tiramos por ahí a dormitar hasta que llegó el momento de comenzar un nuevo día de trabajo. Nos dirigimos al depósito y organizamos los treinta entierros. Pero no habíamos tenido en cuenta las partes bajas del terreno, donde la tarde anterior habíamos iniciado los cavamientos. Allí, los desniveles naturales ayudaron a que se formaran grandes lagunas que cubrían las fosas nuevas, haciéndolas invisibles.
Los familiares se mostraban reacios de efectuar el entierro en aquellas condiciones: los ataúdes flotaban en las aguas heladas, como negros y funestos botes. Se nos ocurrió cubrirlos de piedras y escombros hasta que el mismo peso los llevara al fondo, dos metros más abajo, lo cual resultó. Después, el sucio trabajo de rellenar las fosas.

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