
Había un cielo negro sobre aquellas calles muertas, como si se desplegase una inmensa mortaja sobre aquella inmensa tumba.
Victor Hugo
Había sido una tarde calurosa.
Esperábamos una tormenta para esa noche, aunque hacia el norte se veían ya los oscuros cúmulos de la tempestad en movimiento. Destellos lejanos, y un rumor suave y profundo después.
Casi terminaba mi primer dia en el cementerio. Había sido contratado para trabajar en el sector de las tumbas, abriendo nuevos fosos; cumplía el último turno, encargado de preparar el terreno para los entierros de cada mañana. Me dispuse a recoger las herramientas y llevarlas al depósito, donde esperaba el resto de mis cosas. Tomé el camino principal, una calle ancha y empedrada que recorría el lugar de norte a sur, custodiada por altos y robustos pinos.
El aire comenzaba a enrarecerse por la cercanía de la tormenta; los pájaros, guarecidos en sus nidos, habían dejado de gritar, y sólo escuchaba el ruido de mis pisadas sobre el empedrado, y el murmullo constante de los lejanos truenos.
Hacia los costados no había más que tumbas, lápidas marmóreas, cubiertas de musgo, extrañas y terribles figuras quietas que asomaban del triste suelo, ya sumido en sombras. Era esa hora mágica del atardecer en que el cielo permanece claro, pero la tierra ya está en penumbras.
Las negras siluetas de los pinos flanqueaban el camino y se mecían suavemente, en una danza lenta y espectral. Pero había algo más en ellos que me inquietaba. Un rumor, casi un estremecimiento. En el interior de sus copas se producían movimientos siniestros e imposibles.
Y los vi.
Primero uno, solitario. Luego miles. Cubrieron el firmamento con aleteos lúgubres y desprolijos pero silenciosos. Habían permanecido durante las horas de luz inmóviles, durmiendo un sueño de muerte, y al caer el sol despertaron y surgieron para nacer con la noche. Incontables. Los murciélagos.
Ellos trajeron la noche. Y la tormenta. Porque el viento que traía consigo el olor de la lluvia comenzó a soplar. Y yo, parado en aquel empedrado, bajo un cielo poblado de figuras, y con miles de lápidas que me observaban desde la oscuridad, sentí miedo.
Me eché las palas al hombro, y apuré mis pasos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario