En ocasiones me encuentro con textos literarios (leyendo a Kafka, por ejemplo) que a primeras vistas no dicen demasiado, cuyo efecto pareciese no lograrse, y de repente... una palabra, una frase, un rasgo mínimo, tiene el poder de redimirlo . De justificarlo. Un grave error el de confundir la intención con el espíritu de una obra. La primera es lo visible detrás de lo visible, es el fondo del cuadro, responde a un móvil, que sin ser lo más evidente no deja de ser claro. Se explica en el contexto colectivo, y da a conocer lo que se espera que se conozca. Es, además, sensible a interpretación.
Pero hay un aspecto que está fuera de toda crítica, más allá de la trama, más allá de la historia. La obra respira el aire que le concede el autor, y es este aire el que le otorga personalidad, identidad. Un elemento imperceptible, casi, que está siempre presente en el verdadero arte, y que llega a nosotros para conmovernos. Y este aspecto vendría a configurar el espíritu del arte, y lo podemos llamar de mil maneras, pero me refiero a ese instante glorioso en que los diversos niveles de creación, desde el más superficial y al cual solemos llamarle forma, hasta el ulterior, el más lejano al lector y a su vez más íntimo para el autor, convergen y se funden, llegando a mostrar toda la belleza de la obra, o bien todo su horror.
1 comentario:
5mentario. YO
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