
Recuerdo el tiempo en que los cuerpos no hallaban lugar en los camposantos, y se los apilaba en las calles hasta quemarlos en pestilentes hogueras y yo ayudaba a encender el fuego y el humo oscurecía los cielos.
También recuerdo en qué forma tan poética los mares embravecidos del Báltico arrastraban hacia su siniestro e insondable seno embarcaciones completas, sin dar tiempo a los hombres siquiera a gritar; recuerdo los hospitales de Gandul teñirse de rojo con la sangre de los moribundos, donde la peste era un viento caliente que afiebraba y hacía hervir los cuerpos hasta consumirlos como un papel en el fuego.
El aullido de dolor escapado de incontables gargantas, desde los bosques siberianos hasta las costas tórridas de Madagascar, era el digno preludio de una época, mi época de gloria, una gloria que entiendo no puede volver. Recuerdo cuando destruía sin discreción, entraba a las batallas y arrasaba y reía hasta que mis carcajadas eran más fuertes que el fragor de la guerra.
El escenario en que hoy me toca actuar está demasiado iluminado, no hay espacios en penumbras donde pueda encajar mi figura bestial y funesta. Y con mi pasado he perdido también mi nombre, ya nadie piensa en mí, ya nadie me imagina; no hay quien busque mi silueta entre las sombras, ni la inspiración en mi presencia. Veo mis manos, y no las veo. Sólo distingo de mí un brumoso ropaje oscilante, sólo eso.
No hay quien me invoque, quien me busque, y tampoco quien me huya. Este planeta gira debajo de mis pies en una ridícula procesión de seres leves y afeminados, que ya no conocen ni el color ni el sabor de la sangre; de este mundo se ha mudado el temor, todo se ha desmistificado, y de aquélla cuerda que hay en todo corazón y que pocos se atrevían a hacer vibrar, lo más probable es que ni sepan de su existencia. No hay disfrute en una mente relajada, sin la sombra de los misterioso, no puedo gozar el paisaje enfermizo ante mí de un deceso planeado, delicado y aséptico. Me pone furioso no poder arrancar con alevosa violencia el alma mortal, en una lucha tan silenciosa como tremebunda, donde la clave está en hacerlos cruzar el umbral. Mi umbral.
¿Cómo han podido depravar el orden natural de los hechos, su sustancia y procedimiento, haciendo de lo fatal y dramático un hecho planeado , casi organizado? Es ahora una cuestión de conveniencia, en este mundo donde ya se abolieron las enfermedades, los accidentes, las guerras, donde todo está disminuído y controlado, artificial y deliberadamente armado.
Es triste mi destino, tremendamente triste; me he convertido en un mero espectador, un testigo pasivo de mi propia tragedia: donde el morir es una decisión, no tengo más nada que hacer.
Hay un hecho que está fuera de toda comprensión humana, y sólo quien ha cruzado los Finales Portales puede saberlo. El instante póstumo, ese momento , esa pausa en el tiempo sideral en que los dos universos se tocan, y por el cual todos deben ser conducidos; el paso en que se toma conciencia de que se está muriendo, y que la puerta que se abre frente a sí es la que se cerrará para no volver a abrirse. Es mágico, inalcanzable, impenetrable. Es real.
Ahora esto ha cambiado. Nadie parte de esta vida con los ojos abiertos, mirando su destino. No hay quien sienta el alud de los hechos, pensamientos y palabras que hacen toda una vida, venirse sobre sí, junto con miedos y esperanzas. No me permiten mirarlos a los ojos y ver sus vidas desplegadas frente a mí, como las alas de un gran pájaro negro.
He existido siempre. Antes que la luz reinaban las sombras, y yo de ellas surgí. Mi edad es la edad del tiempo, mi historia la del viento. Estaba en todas partes al mismo tiempo, haciendo temblar las fibras mismas de la vida.
Ahora soy yo el que tiembla, el limitado y el débil, soy yo quien está acosado por pensamientos y recuerdos que no me permiten estar en paz. Pero todo lo que haga será en vano, el hombre ha decidido su camino, y me ha dejado sin opción. No comprende su futuro, no sabe que lo que él cree es su fortaleza, es donde reside su fatalidad: sobrevive mejor quien teme a sus enemigos que quien los ignora. Y yo era su Enemigo. Pero he sido dado por desaparecido, y en sus mentes dejé de existir. Me destruyeron, arrasaron conmigo, me han quitado el cetro, y he aceptado mi destino. En su contra profetizo que será tarde cuando sepan lo que han hecho, y lo que perdieron. Demasiado tarde.
Sabrán que ha muerto la Muerte.
No hay comentarios:
Publicar un comentario