La tarde se hundía, velada por tormentas todavía lejanas. El cielo, cada vez más funesto, se poblaba de pájaros en retirada, concientes de lo que se acercaba con rapidez al valle. Como pasos de un gigante, se dejaron oír los truenos; el olor del agua lo traía el viento, y como una mancha de tinta, implacable, inmisericorde, avanzaba la oscuridad.
La oscuridad.
Pero dentro de la iglesia ya era noche. A pesar de unos pocos sirios encendidos tras el altar, iluminando con ese resplandor de muerte, nada se distinguía excepto las ventanas. Y el sacerdote. De pie y en absoluto silencio, observaba el horizonte como quien escudriña un mapa, con sus hombros anchos y levemente inclinados. Envuelto en un sudario misterioso, por momentos se vislumbraba en su rostro la tenue y azulada luz de los relámpagos.
Pero el sacerdote no pensaba en la tormenta.
Un rayo cayó en algún lado. Los vitrales temblaron violentamente, sin sacar al hombre de sus pensamientos sombríos, pero los aullidos del aire filtrándose por las rendijas de las puertas terminaron por traerlo a la realidad.
Caminó hacia las velas humeantes, que vacilaban como tímidos fantasmas de luz, y encendió algunas más.
Arriba, como desde las vigas, se oyó un crujido.
Un poco de polvo cayó con suavidad sobre la alfombra del altar, en un murmullo apagado y siniestro. El viento hacía sus propias oraciones, trayendo la negra tempestad.
Otro poco de polvo.
El sacerdote miró hacia la s sombras sobre su cabeza, sinpoder distinguir formas o movimiento alguno, pero instintivamente supo que algo se movía.
Y caía.
La inmensa cruz de madera, piedra y yeso, que había estado asegurada contra el muro, se iluminó por un poderoso relámpago, mientras descendía justo sobre el cuerpo del del viejo sacerdote y lo aplastaba contra el altar.
La explosión del rayo fue tremenda. Grandes gotas rojas ensuciaron la alfombra, a pesar de que, bajo la pobre luz de las velas, se viesen de color negro.
Afuera, la lluvia empezó a caer.
No hay comentarios:
Publicar un comentario