sábado, 19 de enero de 2008

la enredadera

¡Oh, druidas! ¡Vosotros que habitáis los recintos sagrados en las profundidades de los bosques; vosotros solos sabéis qué son los dioses y las potencias del cielo, o vosotros solos lo ignoráis! Si hay que creeros, las sombras no van a habitar los lugares silenciosos del Erebo, ni los pálidos reinos del dios del abismo. El mismo espíritu rige otros órganos en otra esfera. La muerte es el lugar de una larga vida.
Lucano I, p. 458
El hombre era capaz de quedarse varias horas sentado frente a la enredadera, observándola, como si quisiera grabar en su mente cada detalle, cada rama, cada doblez, cada hoja.
Hasta que un día la enredadera se lo tragó. Así dijo la vieja que vivía al fondo. "Tanto que se obsesionó con esa porquería, y al final terminó engullido como un insecto." Cuando lo decía, la vieja transformaba su rostro con odio y desprecio, y más bien era ella quien me recordaba un insecto. El caserón era de principios de siglo, con corredor y patio trasero, altas puertas de doble hoja, y ventanas chirriantes, más altas que anchas. En esa casa todo se mantenía original, hasta las ratas, las que desde las pisos rotos y podridos de tablas me miraban con malicioso asombro. Por un momento, una de ellas también me recordó a la vieja.
¿Cómo caratular esta desaparición? No podía saberse si el hombre estaba con vida, y el haber encontrado sus pertenencias intactas, incluído su dinero, lo hacía todo más extraño. Pensando en esto, volví a revisar el fondo de la casa, el sitio donde se levantaba la inmensa enredadera, que tapaba gran parte de la pared final y ya abrazaba el tronco de un pobre limonero. De frente le calculé unos ocho metros, de una variedad muy hermosa, que por esos días se poblaba de florecitas de un perfume intenso, embriagante.
El desaparecido sufría de una terrible obsesión por la planta. Almorzaba al parecer sentado frente a una ventana que daba hacia el fondo, y su habitación también la había mudado y arreglado los muebles de modo tal que aún desde la cama tuviera una visión del muro final.
La desagradable vieja alargaba sus comentarios con una espantosa costumbre: se mecía con la lengua un diente podrido al cual movía a su antojo. Como un juego. Cuando la veía hacerlo me asaltaba el deseo de arrancarle el maldito diente de un golpe. Pero lo más inmundo de ella era el sonido viscoso de su saliva, lo cual me irritaba terriblemente. Entrar en la casa de la vieja era internarse en un claroscuro opresivo, con vahos de caldos y lentejas, y combustible quemado.
Casi con horror, esa tarde me dí cuenta de que había perdido el último tren, y eso me obligó a pasar la noche en la casa del desaparecido. Extendí unas mantas sobre la cama del ausente y me apresté a descansar, no sin antes asegurarme de la cercana presencia de mi .38. Había empezado temprano el frío ese año, parecían días de junio, el viento se colaba por las mil rendijas de la casa y lo hacía todo demasiado tétrico.
Ya en la oscuridad, miré por la ventana hacia el patio nocturno, y me asombró ver una extraña luminosidad en el fondo a lo largo de la pared. En verdad, el brillo nada tenía que ver con las luces e las viviendas aledañas, ni con la hermosa luna que hasta unos minutos antes había estado en un cielo muy estrellado, y que ahora se ocultaba tras unos nubarrones de lluvia y frío.
No quise averiguar lo que podría ser aquello. Me apresuré a cerrar los postigos, asegurar las trabas, y de un salto volví a la cama, donde después de un rato de sufrida vigilia dormí hasta media mañana.
En lugar de los acostumbrados peritajes y consiguientes investigaciones, las que en todo caso me hubiesen mantenido ocupado durante buen tiempo, me dediqué, sin conocer la razón, a despejar de malezas la base de la enredadera; luego de rastrillar y adecuar el sitio lo suficiente, comenzé a levantar la red de ramas entrelazadas, y revisar la pared oculta. Un viejo muro de ladrillos asentados en barro, todavía bien firmes, no me resultó en nada sospechoso, con toda su humedad. Sorprendente el grueso de las ramas, y el tono rojizo de las hojas, entremezclado con el verde intenso normal de la planta.
La limpieza me llevó varias horas. Horriblemente cansado, y bajo la tibieza del sol, sumado al embriagante olor del verde recién cortado, decidí recostarme allí mismo, sobre la hierba, y me dejé dormir. Lo último que puedo recordar es la imagen de la pala, recostada a mi lado, sucia de barro y de extrañas manchas rojas, como si fuesen coágulos sanguinolentos. Creí estar ya soñando, hasta que ya no supe más nada.
Desperté de golpe, tal vez algún ruido, no lo sé. Me sorprendió lo bien que me sentía, com si hubiese dormido por largo tiempo; tenía muchos deseos de verlo todo a mi alrededor, de stirarme, sentir la luz y el calor del sol sobre cada parte de mi cuerpo.
Era hermoso, podía verlo todo de mil maneras y ángulos diferentes, muy claramente; no así los sonidos, que me llegaban de lejos, muy leves. Pero había un fragor que se iba haciendo más y más potente, hasta inundar cada resquicio de mí; un golpeteo infernal, repetitivo, monótono, como el latir de un corazón monstruoso. Me hacá sentir protegido, y la vez superior, casi indestructible. Me animaba hasta la sobreexitación un vigor agresivo, que me llevaba a pretensiones de dominio sobre todo lo demás.
Algo dentro mío iba creciendo y desparramándose, algo no del todo plácido, pero embriagante, que me encantó y controló todos mis pensamientos. Un odio, un sólido y bien cimentado odio que se hacía cada vez más mío. Me alarmé, pero algo me dijo que no había sentido en resistirse.
Comenzé a disfrutar de las nuevas sensaciones, y el pensamiento se convirtió en un sentido más, y la lógica y el razonamiento en instinto, todo supeditado a una voluntad que me esclavizó.
Al fin llegué hasta arriba, de donde podía ver al otro lado del muro, hacia la casa de la vieja. Esa vieja despreciable, con su diente podrido y el sonido viscoso en su boca, que tanto había odiado, sí, con tanto odio, tanto... Sencillamente, una cuestión de tiempo, y la vieja sería nuestra también.

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