martes, 15 de enero de 2008

Miguel H. Casellas La vigencia de una vida anacrónica


"El pensamiento de un hombre es, ante todo, su nostalgia."

Albert Camus


Desde su profunda angustia existencial, el hombre ha intentado escapar de sí mismo y de su propia lucidez mediante un complejo entramado de metáforas. Algo así como crear puertas dentro de un laberinto, lo cual no ayuda a encontrar la salida, pero concede cierta sensación de impunidad. Sin embargo, la angustia adormecida torna en perplejidad cuando se descubre que la vida entera no es más que una metáfora en sí misma, un juego de espejos enfrentados.

El hombre, por fin, en toda su trascendencia (en el sentido kantiano), es inaccesible. Con ese mismo espíritu lamentaba Borges hace mucho que toda empresa está dedicada a lo imposible. Encuentro, pues, imposible conocer al hombre, alcanzar su imagen, verlo sin vernos. Y en esta absurda búsqueda de lo inasible (es extraño, pero no nos hemos dedicado a otra cosa) es donde yo intento situar la vida de mi padre.

Su negativismo fue tan persistente como falso. No era más que un disfraz-lo creo ahora- para encubrir un decepcionado pensamiento idealista. Puedo entender su explícita intención de prepararnos para un mundo donde él no halló cabida; ese mundo víctima de una especie de metamorfosis invertida: lo que pudo ser una bella mariposa, mutaría hasta convertirse en un detestable gusano (la política es claro ejemplo de ello).

Tanto él como su padre mostraron una similar postura (palabra que viene a integrar en un hombre su pensamiento y conducta) al asistir al derrumbe de todo lo mejor del siglo XIX, con la mercantilización de las culturas.

Correspondía esta postura con dos visiones, las dos tan suyas, las dos tan heredadas: conservaba intacta la altivez de una España trágica y romántica, aquella España de Lorca y de Machado, ignorante aún de los horrores venideros; y a la vez, la indescifrable melancolía del destierro, varias veces repetido. Criado en una Buenos Aires todavía púdica, regresaría años después para verla moribunda, saqueada, irreconocible.

Hubo un hecho, quizá, hacia el final de su capítulo, que produjo un cambio, casi un quiebre, y fue el verse a sí mismo en nosotros. Pero no se trató de un mero reflejo, sino de un concepto más profundo: el de continuidad. El entender que las historias requieren más de una generación para ser escritas. Descubrió que esa línea argumental que había comenzado con su propio padre tampoco terminaba con él, pero que unía vidas, y que de alguna extraña manera también las conduciría a través de un mundo cada vez más lóbrego.

Nací en el misterio de una casa grande. Pero mi historia comienza cuando descubro la escritura, y con ella una nueva dimensión en la imagen paternal. Tanto él como los libros que le rodeaban, compartían una misma significación, eran parte de un grande y único simbolismo: ambos representaron, en mi mente de niño, el brumoso misticismo de nuestra existencia, apacible existencia de pueblo, con sus calles vacías y veranos silenciosos.

Y hay un recuerdo, sobre todos, que se dibuja en mi mente de manera empecinada, siempre. Es mi padre, inclinado sobre las líneas de algún libro, bajo la luz de una lámpara, y detrás, en penumbras, los contornos de la biblioteca. Hay algo de glorioso en ello. Me inspira una postura seria, un sentimiento catedralicio, esto de poder ser parte de un mundo en claroscuro, poblado de fantasmas, de silencios, de melancolía.

Porque el mensaje de un libro, como el recuerdo de un muerto, es siempre melancólico. Y de esperanza.

Es ésta, tal vez, la palabra más compleja que conozco. La única que se le atreve al absurdo, a la nada, que puede derribar los muros de nuestra incredulidad. Es la evidencia de que creemos en lo que está más allá de todo, aquello por lo cual vale la pena buscar. Sin nuestros recuerdos la esperanza nos estaría siempre vedada, y por esto he llegado a creer que la memoria es el mayor de los legados.


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