miércoles, 30 de enero de 2008

De los sepultureros (continuación)




(...) Había llovido demasiado esa semana, pero el cielo no parecía pensar lo mismo. Las nubes más oscuras se deslazaban con una velocidad que asustaba, mientras que las más lejanas, de un gris ceniza, se iban descorriendo y desdibujando como un inmenso telón vaporoso.


En ese escenario, como fantasmas sombríos envueltos en ropas incómodas y siempre húmedas, nos movíamos nosotros, los hombres del cementerio. La rutina era nuestra salvación, la repetición de labores tan tremebundas evitaban que perdiésemos la razón. Pero ahora, en la distancia que nos sugiere el paso del tiempo, creo entender que no había nadie cuerdo entre nosotros.


Por esos días llegó el novato. Un muchacho con más fuerza que cerebro, de ojitos hundidos y facciones rústicas, que creo se llamaba Cesáreo. De edad indefinida, pero más joven que el resto, no hizo amistad con nadie. No le dimos tiempo.


Lo que todos deseaban, pero sólo el más malvado mencíonó, fue planear una broma, y para ello la noche de guardia era ideal. El novato, junto con tres más, haría guardia nocturna én la víspera de Todos los Santos Difuntos, jornada de inusual actividad.


La broma, lo sabíamos, era algo excedida. Esa noche llevaron al muchacho hasta el depósito abandonado bajo el mausoleo, y sin que lo notase, trabaron las puertas por fuera dejándolo solo y atrapado. Y allí quedaría toda la noche, entre cajones podridos y mudas lápidas de mármol, envuelto de silencio y negrura, y un embriagante olor a humedad y muerte.


A la mañana fuimos tods, entre preocupación fingida y risas nerviosas, a liberar al novato. Las puertas se abrieron, y el novato cayó a nuestros pies, con desprolijidad.


Estaba muerto.


Los ojitos hundidos, muy abiertos, y la piel blanca y helada. Un paro, dijo alguien. Nadie más habló ese día. Algunos, instintivamente, miramos detrás, a las penumbras del depósito, pero era claro que no vimos nada.


El novato había muerto, tal vez gritando, tal vez no, aferrado a las puertas trabadas.


De los sepultureros (recuerdos fragmentados de una vida)

Treinta eran las fosas que debíamos cavar, lo que significaba una jornada pesada, un trabajo que nos llevaría toda la tarde y parte de la noche...pero no contábamos con la tormenta.
La tormenta.
En un par de horas el día se hizo noche, y sopló un fuerte viento frío que apagaba las lámparas y nos batía las capas haciendo que pareciésemos grandes y torpes murciélagos. Y luego cayó la lluvia. Llovió tan violentamente que en poco tiempo el cementerio se volvió un pantano, un pulcro e inmenso pantano. Y nosotros cavando en las penumbras, con nuestras largas capas de murciélagos.
La tormenta no disminuyó, sino por el contrario, por momentos parecía enfurecer, volviendo nuestra tarea una pesadilla, y probablemente estaría amaneciendo cuando por fin cesó la lluvia.
Nos tiramos por ahí a dormitar hasta que llegó el momento de comenzar un nuevo día de trabajo. Nos dirigimos al depósito y organizamos los treinta entierros. Pero no habíamos tenido en cuenta las partes bajas del terreno, donde la tarde anterior habíamos iniciado los cavamientos. Allí, los desniveles naturales ayudaron a que se formaran grandes lagunas que cubrían las fosas nuevas, haciéndolas invisibles.
Los familiares se mostraban reacios de efectuar el entierro en aquellas condiciones: los ataúdes flotaban en las aguas heladas, como negros y funestos botes. Se nos ocurrió cubrirlos de piedras y escombros hasta que el mismo peso los llevara al fondo, dos metros más abajo, lo cual resultó. Después, el sucio trabajo de rellenar las fosas.

jueves, 24 de enero de 2008

De los sepultureros


Había un cielo negro sobre aquellas calles muertas, como si se desplegase una inmensa mortaja sobre aquella inmensa tumba.

Victor Hugo



Había sido una tarde calurosa.

Esperábamos una tormenta para esa noche, aunque hacia el norte se veían ya los oscuros cúmulos de la tempestad en movimiento. Destellos lejanos, y un rumor suave y profundo después.

Casi terminaba mi primer dia en el cementerio. Había sido contratado para trabajar en el sector de las tumbas, abriendo nuevos fosos; cumplía el último turno, encargado de preparar el terreno para los entierros de cada mañana. Me dispuse a recoger las herramientas y llevarlas al depósito, donde esperaba el resto de mis cosas. Tomé el camino principal, una calle ancha y empedrada que recorría el lugar de norte a sur, custodiada por altos y robustos pinos.

El aire comenzaba a enrarecerse por la cercanía de la tormenta; los pájaros, guarecidos en sus nidos, habían dejado de gritar, y sólo escuchaba el ruido de mis pisadas sobre el empedrado, y el murmullo constante de los lejanos truenos.

Hacia los costados no había más que tumbas, lápidas marmóreas, cubiertas de musgo, extrañas y terribles figuras quietas que asomaban del triste suelo, ya sumido en sombras. Era esa hora mágica del atardecer en que el cielo permanece claro, pero la tierra ya está en penumbras.

Las negras siluetas de los pinos flanqueaban el camino y se mecían suavemente, en una danza lenta y espectral. Pero había algo más en ellos que me inquietaba. Un rumor, casi un estremecimiento. En el interior de sus copas se producían movimientos siniestros e imposibles.

Y los vi.

Primero uno, solitario. Luego miles. Cubrieron el firmamento con aleteos lúgubres y desprolijos pero silenciosos. Habían permanecido durante las horas de luz inmóviles, durmiendo un sueño de muerte, y al caer el sol despertaron y surgieron para nacer con la noche. Incontables. Los murciélagos.

Ellos trajeron la noche. Y la tormenta. Porque el viento que traía consigo el olor de la lluvia comenzó a soplar. Y yo, parado en aquel empedrado, bajo un cielo poblado de figuras, y con miles de lápidas que me observaban desde la oscuridad, sentí miedo.

Me eché las palas al hombro, y apuré mis pasos.

martes, 22 de enero de 2008

sin título.


Recuerdo el tiempo en que los cuerpos no hallaban lugar en los camposantos, y se los apilaba en las calles hasta quemarlos en pestilentes hogueras y yo ayudaba a encender el fuego y el humo oscurecía los cielos.

También recuerdo en qué forma tan poética los mares embravecidos del Báltico arrastraban hacia su siniestro e insondable seno embarcaciones completas, sin dar tiempo a los hombres siquiera a gritar; recuerdo los hospitales de Gandul teñirse de rojo con la sangre de los moribundos, donde la peste era un viento caliente que afiebraba y hacía hervir los cuerpos hasta consumirlos como un papel en el fuego.

El aullido de dolor escapado de incontables gargantas, desde los bosques siberianos hasta las costas tórridas de Madagascar, era el digno preludio de una época, mi época de gloria, una gloria que entiendo no puede volver. Recuerdo cuando destruía sin discreción, entraba a las batallas y arrasaba y reía hasta que mis carcajadas eran más fuertes que el fragor de la guerra.

El escenario en que hoy me toca actuar está demasiado iluminado, no hay espacios en penumbras donde pueda encajar mi figura bestial y funesta. Y con mi pasado he perdido también mi nombre, ya nadie piensa en mí, ya nadie me imagina; no hay quien busque mi silueta entre las sombras, ni la inspiración en mi presencia. Veo mis manos, y no las veo. Sólo distingo de mí un brumoso ropaje oscilante, sólo eso.

No hay quien me invoque, quien me busque, y tampoco quien me huya. Este planeta gira debajo de mis pies en una ridícula procesión de seres leves y afeminados, que ya no conocen ni el color ni el sabor de la sangre; de este mundo se ha mudado el temor, todo se ha desmistificado, y de aquélla cuerda que hay en todo corazón y que pocos se atrevían a hacer vibrar, lo más probable es que ni sepan de su existencia. No hay disfrute en una mente relajada, sin la sombra de los misterioso, no puedo gozar el paisaje enfermizo ante mí de un deceso planeado, delicado y aséptico. Me pone furioso no poder arrancar con alevosa violencia el alma mortal, en una lucha tan silenciosa como tremebunda, donde la clave está en hacerlos cruzar el umbral. Mi umbral.

¿Cómo han podido depravar el orden natural de los hechos, su sustancia y procedimiento, haciendo de lo fatal y dramático un hecho planeado , casi organizado? Es ahora una cuestión de conveniencia, en este mundo donde ya se abolieron las enfermedades, los accidentes, las guerras, donde todo está disminuído y controlado, artificial y deliberadamente armado.

Es triste mi destino, tremendamente triste; me he convertido en un mero espectador, un testigo pasivo de mi propia tragedia: donde el morir es una decisión, no tengo más nada que hacer.

Hay un hecho que está fuera de toda comprensión humana, y sólo quien ha cruzado los Finales Portales puede saberlo. El instante póstumo, ese momento , esa pausa en el tiempo sideral en que los dos universos se tocan, y por el cual todos deben ser conducidos; el paso en que se toma conciencia de que se está muriendo, y que la puerta que se abre frente a sí es la que se cerrará para no volver a abrirse. Es mágico, inalcanzable, impenetrable. Es real.

Ahora esto ha cambiado. Nadie parte de esta vida con los ojos abiertos, mirando su destino. No hay quien sienta el alud de los hechos, pensamientos y palabras que hacen toda una vida, venirse sobre sí, junto con miedos y esperanzas. No me permiten mirarlos a los ojos y ver sus vidas desplegadas frente a mí, como las alas de un gran pájaro negro.

He existido siempre. Antes que la luz reinaban las sombras, y yo de ellas surgí. Mi edad es la edad del tiempo, mi historia la del viento. Estaba en todas partes al mismo tiempo, haciendo temblar las fibras mismas de la vida.

Ahora soy yo el que tiembla, el limitado y el débil, soy yo quien está acosado por pensamientos y recuerdos que no me permiten estar en paz. Pero todo lo que haga será en vano, el hombre ha decidido su camino, y me ha dejado sin opción. No comprende su futuro, no sabe que lo que él cree es su fortaleza, es donde reside su fatalidad: sobrevive mejor quien teme a sus enemigos que quien los ignora. Y yo era su Enemigo. Pero he sido dado por desaparecido, y en sus mentes dejé de existir. Me destruyeron, arrasaron conmigo, me han quitado el cetro, y he aceptado mi destino. En su contra profetizo que será tarde cuando sepan lo que han hecho, y lo que perdieron. Demasiado tarde.

Sabrán que ha muerto la Muerte.

lunes, 21 de enero de 2008

El secreto de Saint Blanches (fragmento)

La tarde se hundía, velada por tormentas todavía lejanas. El cielo, cada vez más funesto, se poblaba de pájaros en retirada, concientes de lo que se acercaba con rapidez al valle. Como pasos de un gigante, se dejaron oír los truenos; el olor del agua lo traía el viento, y como una mancha de tinta, implacable, inmisericorde, avanzaba la oscuridad.
La oscuridad.
Pero dentro de la iglesia ya era noche. A pesar de unos pocos sirios encendidos tras el altar, iluminando con ese resplandor de muerte, nada se distinguía excepto las ventanas. Y el sacerdote. De pie y en absoluto silencio, observaba el horizonte como quien escudriña un mapa, con sus hombros anchos y levemente inclinados. Envuelto en un sudario misterioso, por momentos se vislumbraba en su rostro la tenue y azulada luz de los relámpagos.
Pero el sacerdote no pensaba en la tormenta.
Un rayo cayó en algún lado. Los vitrales temblaron violentamente, sin sacar al hombre de sus pensamientos sombríos, pero los aullidos del aire filtrándose por las rendijas de las puertas terminaron por traerlo a la realidad.
Caminó hacia las velas humeantes, que vacilaban como tímidos fantasmas de luz, y encendió algunas más.
Arriba, como desde las vigas, se oyó un crujido.
Un poco de polvo cayó con suavidad sobre la alfombra del altar, en un murmullo apagado y siniestro. El viento hacía sus propias oraciones, trayendo la negra tempestad.
Otro poco de polvo.
El sacerdote miró hacia la s sombras sobre su cabeza, sinpoder distinguir formas o movimiento alguno, pero instintivamente supo que algo se movía.
Y caía.
La inmensa cruz de madera, piedra y yeso, que había estado asegurada contra el muro, se iluminó por un poderoso relámpago, mientras descendía justo sobre el cuerpo del del viejo sacerdote y lo aplastaba contra el altar.
La explosión del rayo fue tremenda. Grandes gotas rojas ensuciaron la alfombra, a pesar de que, bajo la pobre luz de las velas, se viesen de color negro.
Afuera, la lluvia empezó a caer.

sábado, 19 de enero de 2008

la enredadera

¡Oh, druidas! ¡Vosotros que habitáis los recintos sagrados en las profundidades de los bosques; vosotros solos sabéis qué son los dioses y las potencias del cielo, o vosotros solos lo ignoráis! Si hay que creeros, las sombras no van a habitar los lugares silenciosos del Erebo, ni los pálidos reinos del dios del abismo. El mismo espíritu rige otros órganos en otra esfera. La muerte es el lugar de una larga vida.
Lucano I, p. 458
El hombre era capaz de quedarse varias horas sentado frente a la enredadera, observándola, como si quisiera grabar en su mente cada detalle, cada rama, cada doblez, cada hoja.
Hasta que un día la enredadera se lo tragó. Así dijo la vieja que vivía al fondo. "Tanto que se obsesionó con esa porquería, y al final terminó engullido como un insecto." Cuando lo decía, la vieja transformaba su rostro con odio y desprecio, y más bien era ella quien me recordaba un insecto. El caserón era de principios de siglo, con corredor y patio trasero, altas puertas de doble hoja, y ventanas chirriantes, más altas que anchas. En esa casa todo se mantenía original, hasta las ratas, las que desde las pisos rotos y podridos de tablas me miraban con malicioso asombro. Por un momento, una de ellas también me recordó a la vieja.
¿Cómo caratular esta desaparición? No podía saberse si el hombre estaba con vida, y el haber encontrado sus pertenencias intactas, incluído su dinero, lo hacía todo más extraño. Pensando en esto, volví a revisar el fondo de la casa, el sitio donde se levantaba la inmensa enredadera, que tapaba gran parte de la pared final y ya abrazaba el tronco de un pobre limonero. De frente le calculé unos ocho metros, de una variedad muy hermosa, que por esos días se poblaba de florecitas de un perfume intenso, embriagante.
El desaparecido sufría de una terrible obsesión por la planta. Almorzaba al parecer sentado frente a una ventana que daba hacia el fondo, y su habitación también la había mudado y arreglado los muebles de modo tal que aún desde la cama tuviera una visión del muro final.
La desagradable vieja alargaba sus comentarios con una espantosa costumbre: se mecía con la lengua un diente podrido al cual movía a su antojo. Como un juego. Cuando la veía hacerlo me asaltaba el deseo de arrancarle el maldito diente de un golpe. Pero lo más inmundo de ella era el sonido viscoso de su saliva, lo cual me irritaba terriblemente. Entrar en la casa de la vieja era internarse en un claroscuro opresivo, con vahos de caldos y lentejas, y combustible quemado.
Casi con horror, esa tarde me dí cuenta de que había perdido el último tren, y eso me obligó a pasar la noche en la casa del desaparecido. Extendí unas mantas sobre la cama del ausente y me apresté a descansar, no sin antes asegurarme de la cercana presencia de mi .38. Había empezado temprano el frío ese año, parecían días de junio, el viento se colaba por las mil rendijas de la casa y lo hacía todo demasiado tétrico.
Ya en la oscuridad, miré por la ventana hacia el patio nocturno, y me asombró ver una extraña luminosidad en el fondo a lo largo de la pared. En verdad, el brillo nada tenía que ver con las luces e las viviendas aledañas, ni con la hermosa luna que hasta unos minutos antes había estado en un cielo muy estrellado, y que ahora se ocultaba tras unos nubarrones de lluvia y frío.
No quise averiguar lo que podría ser aquello. Me apresuré a cerrar los postigos, asegurar las trabas, y de un salto volví a la cama, donde después de un rato de sufrida vigilia dormí hasta media mañana.
En lugar de los acostumbrados peritajes y consiguientes investigaciones, las que en todo caso me hubiesen mantenido ocupado durante buen tiempo, me dediqué, sin conocer la razón, a despejar de malezas la base de la enredadera; luego de rastrillar y adecuar el sitio lo suficiente, comenzé a levantar la red de ramas entrelazadas, y revisar la pared oculta. Un viejo muro de ladrillos asentados en barro, todavía bien firmes, no me resultó en nada sospechoso, con toda su humedad. Sorprendente el grueso de las ramas, y el tono rojizo de las hojas, entremezclado con el verde intenso normal de la planta.
La limpieza me llevó varias horas. Horriblemente cansado, y bajo la tibieza del sol, sumado al embriagante olor del verde recién cortado, decidí recostarme allí mismo, sobre la hierba, y me dejé dormir. Lo último que puedo recordar es la imagen de la pala, recostada a mi lado, sucia de barro y de extrañas manchas rojas, como si fuesen coágulos sanguinolentos. Creí estar ya soñando, hasta que ya no supe más nada.
Desperté de golpe, tal vez algún ruido, no lo sé. Me sorprendió lo bien que me sentía, com si hubiese dormido por largo tiempo; tenía muchos deseos de verlo todo a mi alrededor, de stirarme, sentir la luz y el calor del sol sobre cada parte de mi cuerpo.
Era hermoso, podía verlo todo de mil maneras y ángulos diferentes, muy claramente; no así los sonidos, que me llegaban de lejos, muy leves. Pero había un fragor que se iba haciendo más y más potente, hasta inundar cada resquicio de mí; un golpeteo infernal, repetitivo, monótono, como el latir de un corazón monstruoso. Me hacá sentir protegido, y la vez superior, casi indestructible. Me animaba hasta la sobreexitación un vigor agresivo, que me llevaba a pretensiones de dominio sobre todo lo demás.
Algo dentro mío iba creciendo y desparramándose, algo no del todo plácido, pero embriagante, que me encantó y controló todos mis pensamientos. Un odio, un sólido y bien cimentado odio que se hacía cada vez más mío. Me alarmé, pero algo me dijo que no había sentido en resistirse.
Comenzé a disfrutar de las nuevas sensaciones, y el pensamiento se convirtió en un sentido más, y la lógica y el razonamiento en instinto, todo supeditado a una voluntad que me esclavizó.
Al fin llegué hasta arriba, de donde podía ver al otro lado del muro, hacia la casa de la vieja. Esa vieja despreciable, con su diente podrido y el sonido viscoso en su boca, que tanto había odiado, sí, con tanto odio, tanto... Sencillamente, una cuestión de tiempo, y la vieja sería nuestra también.

martes, 15 de enero de 2008

Miguel H. Casellas La vigencia de una vida anacrónica


"El pensamiento de un hombre es, ante todo, su nostalgia."

Albert Camus


Desde su profunda angustia existencial, el hombre ha intentado escapar de sí mismo y de su propia lucidez mediante un complejo entramado de metáforas. Algo así como crear puertas dentro de un laberinto, lo cual no ayuda a encontrar la salida, pero concede cierta sensación de impunidad. Sin embargo, la angustia adormecida torna en perplejidad cuando se descubre que la vida entera no es más que una metáfora en sí misma, un juego de espejos enfrentados.

El hombre, por fin, en toda su trascendencia (en el sentido kantiano), es inaccesible. Con ese mismo espíritu lamentaba Borges hace mucho que toda empresa está dedicada a lo imposible. Encuentro, pues, imposible conocer al hombre, alcanzar su imagen, verlo sin vernos. Y en esta absurda búsqueda de lo inasible (es extraño, pero no nos hemos dedicado a otra cosa) es donde yo intento situar la vida de mi padre.

Su negativismo fue tan persistente como falso. No era más que un disfraz-lo creo ahora- para encubrir un decepcionado pensamiento idealista. Puedo entender su explícita intención de prepararnos para un mundo donde él no halló cabida; ese mundo víctima de una especie de metamorfosis invertida: lo que pudo ser una bella mariposa, mutaría hasta convertirse en un detestable gusano (la política es claro ejemplo de ello).

Tanto él como su padre mostraron una similar postura (palabra que viene a integrar en un hombre su pensamiento y conducta) al asistir al derrumbe de todo lo mejor del siglo XIX, con la mercantilización de las culturas.

Correspondía esta postura con dos visiones, las dos tan suyas, las dos tan heredadas: conservaba intacta la altivez de una España trágica y romántica, aquella España de Lorca y de Machado, ignorante aún de los horrores venideros; y a la vez, la indescifrable melancolía del destierro, varias veces repetido. Criado en una Buenos Aires todavía púdica, regresaría años después para verla moribunda, saqueada, irreconocible.

Hubo un hecho, quizá, hacia el final de su capítulo, que produjo un cambio, casi un quiebre, y fue el verse a sí mismo en nosotros. Pero no se trató de un mero reflejo, sino de un concepto más profundo: el de continuidad. El entender que las historias requieren más de una generación para ser escritas. Descubrió que esa línea argumental que había comenzado con su propio padre tampoco terminaba con él, pero que unía vidas, y que de alguna extraña manera también las conduciría a través de un mundo cada vez más lóbrego.

Nací en el misterio de una casa grande. Pero mi historia comienza cuando descubro la escritura, y con ella una nueva dimensión en la imagen paternal. Tanto él como los libros que le rodeaban, compartían una misma significación, eran parte de un grande y único simbolismo: ambos representaron, en mi mente de niño, el brumoso misticismo de nuestra existencia, apacible existencia de pueblo, con sus calles vacías y veranos silenciosos.

Y hay un recuerdo, sobre todos, que se dibuja en mi mente de manera empecinada, siempre. Es mi padre, inclinado sobre las líneas de algún libro, bajo la luz de una lámpara, y detrás, en penumbras, los contornos de la biblioteca. Hay algo de glorioso en ello. Me inspira una postura seria, un sentimiento catedralicio, esto de poder ser parte de un mundo en claroscuro, poblado de fantasmas, de silencios, de melancolía.

Porque el mensaje de un libro, como el recuerdo de un muerto, es siempre melancólico. Y de esperanza.

Es ésta, tal vez, la palabra más compleja que conozco. La única que se le atreve al absurdo, a la nada, que puede derribar los muros de nuestra incredulidad. Es la evidencia de que creemos en lo que está más allá de todo, aquello por lo cual vale la pena buscar. Sin nuestros recuerdos la esperanza nos estaría siempre vedada, y por esto he llegado a creer que la memoria es el mayor de los legados.